In Blog, Ser Madre

Claro, y tu me dirás, ¡pues vaya descubrimiento!. Claro que lo quiero, ¡si es mi hijo!. Pues si, ya sé que lo quieres, igual que todos los padres y madres quieren a sus hijos. Pero aquí hay gato encerrado y muchas veces no lo vemos. Cuando tuviste en brazos a tu hijo/a por primera vez y le miraste a los ojos, seguro que sólo sentiste un amor enorme por él, un amor sin condiciones, un amor por simplemente haber llegado a este mundo y existir. Nada más. Amor y punto. Amor porque si. En ese momento mágico seguro que no se te ocurrió pensar, bueno hijo/a, muy bien que estés aquí, yo te voy a querer, pero claro, tu tendrás que comer bien, arreglar tus juguetes, escucharnos a tu mama y a mi, ser bueno con otros  niños, portarte bien en el cole, sonreír cuando alguien te hace gracias, no llorar por las noches, sacar buenas notas… y la lista puede seguir por páginas y páginas porque realmente es interminable.

Y claro que queremos a nuestros hijos simplemente porque son nuestros hijos, lo malo de la peli es que muchas veces se nos olvida y le quitamos un elemento súper, súper  importante a este consejo que es el punto. Si, si. El consejo no dice, quiere a tu hijo cuando hace esto y lo otro o dice esto y lo otro, o es esto o lo otro. La regla dice “Quiere a tu hijo.” ¿Ves la importancia del punto?. Quiere a tu hijo porque tu lo decides así, y quiérelo sin ninguna condición, aun cuando lo que hace o dice no sea de tu gusto.

Si no somos capaces de dar amor incondicional a nuestros hijos, esto les marcará de forma negativa para toda su vida y les ocasionará mucho dolor. Es el dolor vinculado al hecho de que, hagamos lo que hagamos, nunca somos dignos de recibir el amor de nuestros padres.  A pesar de las consecuencias nefastas que tiene, a los seres humanos en general nos cuesta muchísimo dar amor incondicional, incluso cuando se trata de nuestros hijos.

Dejarme que os cuente una historia que a mi me ha servido mucho:

Cuando llegamos a este mundo llegamos puros y sin frustraciones, sin expectativas, simplemente somos amor puro y tranquilidad, felicidad. Brillamos como una estrella en el espacio, nada nos molesta, nada nos afecta, solo brillamos. ¿Has visto alguna vez a un bebe que tenga cara de triste o deprimido o que esté estresado?. Cuando llegamos aquí todo va bien, si algo nos molesta lloramos y normalmente los padres nos lo dan. Nadie intenta cambiarnos, todos nos quieren por simplemente ser un bebe. Todo esta bien con nosotros, nadie ve nada malo. Luego lo que sucede es que ese amor incondicional que sentimos de nuestros padres y de nuestro entorno se empieza a transformar (sin que nadie nos avise ni nos prepare psicológicamente para ello) y empiezan a aparecer condiciones. Ahora mama ya no viene cuando grito, ahora me grita ella y me dice que me calle; ahora papa ya no se ríe de todo lo que hago, sino que hay cosas que no le hacen gracia; ahora me dicen que no toque; ahora que no coma; ahora que no haga esto y lo otro…, y como lo que el bebe realmente entiende es “si gritas no te quiero”, “si cantas muy fuerte no te quiero”, “si esto y lo otro entonces no te quiero”, lo que empieza a pasar es que esa estrella que brillaba tanto, empieza a adaptarse para poder mantener el amor de los padres. El  niño empieza a decirse: para que me quieran no tengo que cantar tan fuerte, entonces no canto, para que me quieran tengo controlar mi rabia, entonces la controlo, para que me quieran tengo que sonreír, entonces sonrío y así, poco a poco, nos vamos adaptando y adaptando para que nos sigan queriendo. Cada vez que dejamos de hacer algo que realmente es importante para nosotros y que nos gusta, vamos perdiendo algo de nuestros rayos y de nuestra luz. Esto sigue durante toda la vida, también como adultos, si a mi novia no le gusta esto, entonces no lo hago y así mantengo su amor; si mi profesor me critica, entonces ya no hablo mas; y así seguimos con una lista interminable de cosas y al final ya no somos una estrella sino una cajita cuadrada y minúscula que apenas brilla porque hemos perdido casi todos nuestros rayos.

Cuantas más condiciones un padre/madre le pone a su hijo y cuanto mas intenta modelarlo según su gusto y cambiarlo y “arreglarlo”, mas perdido se va a sentir el  niño/a. Luego va a llegar un momento en el que el  niño/a no tiene otra escapatoria más que rebelarse contra el padre o la madre, porque ese  niño/a tiene que encontrar de nuevo quien es de verdad, ya que los padres no le han dejado ser quien él es realmente. Esto normalmente pasa en la adolescencia y por eso suele ser un periodo tan turbulento.

El amor incondicional te permite a ti querer a tu hijo/a simplemente porque lo has decidido, porque es tu hijo/a y punto. Eso significa que también vas a ser capaz de quererlo y de mostrarle que es así, aun cuando haga cosas que no te parecen bien como mentirte. Si te miente y le descubres haciéndolo, claro que puedes sancionar ese comportamiento, pero eso es muy diferente de hacerle sentir que no le quieres. Así que ten cuidado con los dos tipos de amores (el condicional y el incondicional) y mira a ver cual es el que elijes para tu hijo/a.

Al amor que es condicional yo le llamo “amor de churundunguis”, porque es un amor que no vale para nada. En el ultimo  año he utilizado mucho el concepto para contra-atacar a los  niños cuando intentaban hacerme chantaje emocional con historias como “el papa si que nos deja hacer esto o lo otro”, y yo les contestaba: “ y que me quieres decir, ¿que si yo no te dejo, no me vas a querer?”, pues si es así, ¡vaya un amor de churundunguis que tienes por tu mama!. Al final ellos se acaban riendo porque se dan cuenta de que no tiene mucho sentido que me digan que no me van a querer, ya que no es cierto.

Con eso queda claro que no me voy a dejar manipular y les da a ellos pie para decirme que su amor es de verdad y que me van a querer aunque yo no les deje hacer algo.

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Sonia Herrero - Dejar de PelearSEXUALIDAD FEMENINA

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